En esta sección les presentaremos una serie de escritos que reflejan la pasión por Boca Juniors. En esta entrega, los 20 años de la obtención de la Intercontinental frente al Real Madrid.

Es lunes 20 de noviembre del 2000. En los kioscos de revistas se leía en grande en la tapa de Olé: ¡Qué lo palió! Y un poco más arriba, una pregunta que sería un presagio: “¿Cómo se dice fenómeno en japonés?”. Tanto la exclamación como la pregunta tenían destinario. Juan Román Riquelme era la figura vs Talleres con un golazo que ni todo el plantel albiazul podría haber parado. Así, con un Román exultante, corriendo y riendo; con un japonés argentinizado y haciendo chistes, comenzamos a pensar en la hazaña…

Lunes 20 de noviembre del 2000. A la distancia empezábamos a palpitar lo que pasaría ocho días después. Una locura: Empujones, forcejeos entre más de 600 hinchas que se juntan a despedir al plantel y los jugadores de Boca no se inmutan. Casi no hablan: Chicho dice que es un poco más importante a cualquier partido el que jugarán vs Real Madrid; Córdoba asegura que es importante dejar todo en orden en Argentina. Eso significa seguir punteros. El otro que no habla mucho es Román, pero sí se desespera cuando le roban una cadenita de oro. Se tranquiliza todo cuando se la devuelven: Con los ídolos no.

La adrenalina empieza en Buenos Aires, pero sigue en San Pablo. Corta las partidas de truco y el intento de algún descanso. Basualdo después hace chistes con Sergio Gendler: “Bajamos y levantamos vuelo de nuevo”. Una avioneta había ocupado la pista, después de un rato pueden aterrizar. Están transpirados y no por estar pateando. “Pepe” sabe de estas cosas, ya viajó acompañando a un tal Bianchi al mismo lugar, en el 94, y terminó festejando. Quiere repetirlo.

Pasaron más de 30 horas y otra escala en Los Ángeles para llegar a Japón, ese lugar que tiene una bandera con los colores equivocados pero que nos iba a hacer muy felices. Boca se acomoda en el hotel Keio Plaza Internacional, en el barrio Shinjuku-ku. La superstición se activa: allí pararon Milan y River en el 92 y en el 96 y perdieron, pero Palermo se encarga de avisar que lo que pase adentro de la cancha depende de Boca. Menos mal.

Ya es 22 de noviembre y empiezan los entrenamientos. El frío se combate con un entrenamiento intenso y el calor de los 4 goles que Vasco da Gama le mete a las gashinas en su cancha, por la semifinal de la Copa Mercosur. “¿Cuatro?” pregunta el “Virrey“. Romario y los suyos se hacen un festín en Núñez, mientras que en Japón Bianchi hace lo mismo siendo chistoso: “Aprovechamos tener diez días libres y vinimos a jugar la final”.

Los días y las horas van pasando. Los entrenamientos también. Se cuida la rodilla de Riquelme y los cuerpos de todos: nada de grasas y gaseosas. Solo un asado con Macri el domingo. Para cuidar la mente se organizan salidas grupales. Todo muy organizado, salvo algunos momentos del tránsito. Pero sí tranquilos. Salvo japonesas enamoradas de Palermo, Guillermo y Román, no hay mucho alboroto que esquivar. La tierra del sol naciente es la de la tecnología que no se conoce. Compran videos, DVDs, Barijho se deja varios dólares en las tiendas y Basualdo varios recuerdos cuando aprieta REC. Bianchi también busca algo y es un poco de tranquilidad, que se la dará su esposa cuando llegue con los goles grabados del Real Madrid frente al Leeds, por la Champions League. Sabe que lo que se quiere traer desde Oriente es impagable.

El domingo del asado, River le gana a Belgrano y las banderas pidiendo que gane el Real ganan varios rincones del Monumental. Potencian la moda que impusieron de alentar por los rivales. Los rivales de Boca en Japón se encuentran con hinchas de Boca. Se los insulta, pero no pasa de eso. Figo mira a Solari sin entender. El “Indiecito” entendiendo todo, no quiere mirar.

Algunos llegan, como La 12 con un trapo que pesa 500 kilos. Se suman a quienes ya están allá para que el número aumente de a miles. Otros se van, pero del equipo. Fagiani siente fatiga muscular. Bianchi llora en su habitación porque lo tiene que sacar, para no dar ventajas. Entrará Matellán.

No falta nadie. No falta nada. Hay que prepararse para el partido.

Un día. Una vida

Es lunes 27 de noviembre en Argentina. Es mentira eso de que dura 24 horas un día. Se hace eterno, se alarga cada minuto como si fuese un reloj de arena taponado. Me gustaría no haber ido al colegio. Si bien es a la mañana y me queda la tarde libre me cargan de antemano. Me gritan por el equipo merengue. Pero agradezco estar en el colegio. Por momentos ínfimos me hace olvidar del partido.

Es lunes 27 de noviembre en Argentina y en Villa María. Mi viejo está organizando ir a Arroyo Cabral, porque no lo pasan en Multicanal y la ciudad no tiene otra empresa. Mi vieja organiza una coartada para que pueda llegar a tiempo al colegio, al otro día, y hacer un pesebre que era el trabajo final de la primaria. No había caso, lo único que me decía que en unos días armábamos el arbolito era cantar: “Ya se acerca Nochebuena, ya se acerca Navidad, para todas las gashinas, el regalo de Papá”.

Es lunes 27 de noviembre. Los nervios afectan a la mayoría del país. Va a ser una noche para extender la jornada. Boca va a jugar nuevamente una Final de la Intercontinental. Nadie duerme. Nada duerme. Ni las emociones, los sentimientos, ni la camiseta que está muy bien preparada esperando usarse. La misma con la que van a jugar los jugadores. Es de noche, pero la luz fuerte de la pieza hace que no parezca. Me brillan los ojos y me brilla el alma, cada vez que agarro el banderín que me regaló Pedro Lajst, un mes atrás en pleno viaje de estudios. Me esperó todo el curso, para buscar un souvenir con las firmas de Serna, Guillermo, Román y Palermo. Intento dormir pidiéndole a ellos dos que hagan el milagro.

Banderín entregado por Pedro Lajst en octubre del 2000

Me tomo cinco minutos…

Y tomo café con leche y me fumo el humo de todo el mundo. Estamos en un bar de Arroyo Cabral, que si no hubiese sido por el partido jamás hubiese entrado. Es un bar que tiene muchos años y mucha historia. Pero va a pasar a la personal y bostera, desde ese día.

Es martes 28 de noviembre. Ya puteamos y le pedimos perdón al dueño del lugar, porque la transmisión se va y vuelve. Cuando vuelve del todo también lo hacen los nervios.

La cámara enfoca a los nuestros y a ellos. Ellos son el Real Madrid, cada estrella apichona un poco más la inexperiencia de finales de un nene de 12 años. “No pasa nada, están cagados” grita alguien. Y le creo. Pero creo aún más cuando la cámara enfoca a los nuestros.

La cámara se eleva. Las pulsaciones también. Al igual que los jugadores empezamos a movernos. El mecánico nuestro, el canoso con pocos pelos ajustó todas las piezas de la máquina. Después sabríamos que también las del corazón en la charla técnica cuando les pidió una y otra vez a los jugadores que disfrutasen. El mecánico está de traje y parado al lado de la línea lateral. Es por el equipo de ese tipo que no podemos ajustarnos nosotros. Tampoco podemos ni queremos hacerlo en las sillas.

La Mitad + 1 del país había madrugado y de qué forma. No fue que nos ayudó Dios, sino que Carlos tenía su teléfono y no lo agarró dormido por la diferencia horaria. (Ya sabemos que D10S es argentino y bostero). Pero nadie, nadie, nadie, ni el mismísimo Diego, ni La Raulito, ni nadie azul y oro podría haber imaginado que a los dos minutos íbamos a explotar de la forma que lo hicimos: con una mezcla de asombro, emoción y escalofrío. Una cuestión de esto no puede estar pasando… Van tan solo dos minutos con algunos segundos, para que llegue el primero. Para que le pongan una pelota en profundidad al “Chelo” Delgado, que con sus pies de bailarín de tap echara un pique corto y metiera el centro a media altura, para que el más alto y grande de todos la empujara. ¡Gol de Martín! El gol más rápido de la historia de la Intercontinental, para despertarnos de golpe. Con un grito que ni sabíamos que teníamos. En la transmisión hablaban de lo listo que había sido el N° 16. Muy, demasiado para quienes no lo estábamos para emocionarnos de tal manera.

Cuando nos refregábamos los ojos para saber si no era un sueño todo esto, el segundo gol de Martín fue una realidad. Pase magistral de Román y ahí, con la fuerza de todos nosotros aguantando la embestida de Geremi que se la quería sacar. Y lo agarra caminando a Iker Casillas, y le cruza el remate y… delirio. Los abrazos no alcanzan, porque el mundo cabe en cada uno de ellos, que se resume en una montaña azul y oro con un Chicho en la cúspide. Y si Chicho lo estaba, Boca lo estaba.

En Arroyo Cabral lloro. Lloro unas lágrimas que no cesan, que son las lágrimas de todo el pueblo bostero. Lloro las que no llora mi viejo, porque las suyas me las da, para que vaya limpiando el alma, para que solo se pinte de un azul y amarillo intenso. En Japón están Pedro y Heber Lajst en la tribuna, que miran anonadados. En Laboulaye está Marcelo, que cumple 15 años, y que no entiende que su hermano prefiera ver dibujos animados a estar presenciando esto. El hermano, él, Heber, Pedro y todos no lo podemos creer. Pasaron tan solo tres minutos desde el primer gol. En el tiempo en el que en una publicidad se toma té Boca empieza a decirle al planeta quien es. Las publicidades son falsas, lo que está gestando Boca no.

Segundo Barrio

En Tokio el telón que asegura que nos pueden imitar pero no igualar, engalana la velada. Hay más gente de la que creemos. Habían hablado de 2000, pero está el doble. Y el estadio empieza a entender lo que es Boca, porque nos miran admirando. Y el Real Madrid también. Cuando se acuerda un poco de que está en una final, descuenta Roberto Carlos. Van tan solo 11 minutos de juego y el corazón no aguanta más. El que sí aguanta es Boca.

Cuando enfocan a Bianchi está tranquilo. ¿Cómo hace? Nosotros pedimos la hora desde el minuto 12 y no sabemos si vamos a soportar. Pero hay un equipo que sí soporta la presión del pecho y del rival. Porque empezamos a ganar por individualidades, pero la victoria final llega por el grupo. Entonces Delgado preocupa con sus arremetidas; Palermo es el faro de referencia que miramos todos; Riquelme es el guía del equipo y de nuestra confianza; Serna es un león herido, por no haber estado en el Morumbí, que ruge en la mitad de la cancha; Basualdo cubre las espaldas de Matellán y la del pueblo; Battaglia muerde los tobillos y el cuchillo entre los dientes; Traverso se encarga del Balón de Oro que es Figo, para que no pueda con la pelota. Le piden disculpas por pegarle ya que es muy bueno. Bermúdez es el líder que necesita Boca en ese momento. No se intimida, no se achica. Nunca lo hizo y menos ahora. Córdoba es tranquilidad y confianza. Todo sale como lo pensó Bianchi. La inteligencia ayuda a la táctica y a la estrategia.

Pelotazos a espaldas de Hierro y Geremi para empezar a ganar, lo mismo en los tiros libres para hacerlos dudar. La sorpresa para Los Galácticos no solo fueron esos dos puñales de entrada, si no quedar expuestos en los achiques para defender los tiros libres en contra. Estaban quedando expuestos por un equipo que pensaban ya derrotado de antemano. Boca les estaba quitando no solo el partido, si no la dignidad.

El segundo tiempo el aliento no cesaba. Los japoneses abrían más los ojos ante tanta demostración de amor y en la cancha el club español hacia lo mismo, pero frente al reloj que seguía marchando y frente a un Riquelme inspirado. “Tiempo de show” diría Juan Pablo Varsky, para cuando Román volvió loco a Makelele, frente al aplauso del mundo y de Palermo. A esa altura era una exhibición de talento y temple. Y se confirmó cuando entró Guillermo por Delgado y un joven Burdisso por un joven Battaglia.

Todo estaba siendo azul y oro, con los 6.000 hinchas que estaban en las calles de Tokio; cada bar de Argentina; cada insulto gashina; cada minuto que tardaba una eternidad; cada rezo a todo tipo de dioses; cada ataque de ellos que no llevaba peligro en el juego pero sí en el corazón; cada ataque de los nuestros que llevaba tranquilidad en el cuerpo, pero no en el resultado.

No sabíamos que el “Virrey” les había dicho algo que jugaran como ellos sabían. No sabíamos que era jugar como Campeones del Mundo.

Planeta Boca

Son las 9:05 de la mañana del 28 de Noviembre. El cronometro del televisor marca 48 minutos y ocho segundos, cuando Córdoba saca desde el arco. La peina Hierro y cuando la toma Casillas el árbitro da el final…

Son las 9:05 de la mañana, pero es toda la vida ahí. Es un grito que se emite de una vez y para toda la eternidad. Es la espera de 22 años para muchos, es la espera de siempre para tantos otros. Es la felicidad que se desborda, sale de los lagrimales y desde las entrañas. Es el abrazo con mi viejo llorando. Es el llanto más hermoso y sincero que nunca tuve en doce años. Es el grito afónico de ¡Boca Campeón! Es lo que no se puede explicar, pero se puede ver. Desembarcamos en Japón para conquistar el Mundo.

Los festejos en Villa María con mi viejo

Somos la humildad de Román que nunca había estado en un piso 37, como en el hotel de Tokio, que todavía no puede creer que nos llevaría a la cima Mundial. Se preocupa por pedirle la camiseta de Figo para su papá, mientras nosotros no sabemos qué hacer ni cómo festejar. Palermo tampoco que llora con la camiseta de Morientes; Barijho menos, porque se ríe sin caer todavía con el buzo del arquero de ellos. Es la mirada incrédula de Figo y el reto de Hierro, porque le demuestran al mundo que sí les importa esta Copa. Es la seguridad en la boca de Maradona, de que esto les duele a los de blanco. Y es La Boca que está de punta en blanco para festejar como Diego, que en el balcón de su casa está desaforado. Tiene la camiseta con el 2 en la espalda, la del penal vs Palmeiras para ganar el pasaje a esta final. El mejor de la historia festeja que se hace historia y se ríe de las gashinas que no trajeron la copa, es el regalo de papá anticipado. Es una locura total.

En el estadio de Tokio, Bermúdez le da la Copa a Bianchi. El capitán le agradece al dueño del barco, que es el mismo que le grita a Pereda que festeje. “Sos Campeón del Mundo y de América” le dice. Lo que pasa que pese a ser “Chino”, nadie conocía ese idioma que Carlos tan bien hablaba. En el vestuario, como si fuese uno más canta con los jugadores una cumbia. Suena “Querida”, una canción de Juan Gabriel. Todos eran un coro hermoso que gritaba “Querida /Piensa en mi sólo un momento y ven/ Date cuenta de que el tiempo es cruel/ Y lo he pasado yo sin ti, oh ven ya”. Se le canta a esa copa hermosa que tiene una pelota dorada en la cima. Esa pelota es dorada, pero con dos franjas azules que nos hace brillar como nunca antes…

El 28 de noviembre del 2000 fuimos más nosotros que nunca. Fuimos el brillo eterno, el abrazo que no se  rompe, el pecho explotado de orgullo. Le dimos al futbol argentino su mayor victoria y ese plantel a nuestra historia su página dorada.

Fuimos La Boca en el mundo. Fuimos el mundo con Boca nombrándose en todos los idiomas. Porque fuimos al culo del mundo, para pegarle una patada ahí a un Club supermillonario, galáctico y agrandado. Con un presupuesto en el plantel que nos superaba por 40 millones de Dólares; con cuatro de sus jugadores que están en el equipo de toda la historia del Real, con el mejor jugador del planeta, según la FIFA, que le daba su camiseta al mejor de ese partido, que era para saber quien dominaba el mundo.

El hincha de Boca en Plaza de Cibeles, donde siempre se reúnen los hinchas merengues

Fue la caravana interminable, fue el clímax de Diego Armando al que nos sumamos. La Plaza de Cibeles, el lugar de festejos del Real con un bostero poniéndole los colores mundiales. Fue la vuelta olímpica sin final. Fue un petiso Serna haciéndose gigante. Fue el gigante Carlos Bianchi, haciéndose más grande. Fue la fiesta total, la euforia sin igual.

Fue alimentar la llama eterna de Boca. Fue lograr lo que muy pocos, llevar a Boca a lo más alto que se puede llegar.

Fue el viaje a la segunda estrella del mundo. La inmortal.