Noviembre empezó mal, pero terminó peor. Cuando creíamos que nada nos dolería más que la final perdida ante Fluminense, apareció la suspensión de las elecciones del club. Un golpe al corazón de miles de socios que solo deseábamos expresarnos en las urnas para elegir a nuestros gobernantes.

El acto electoral no solo tenía la emoción natural que conlleva celebrar la democracia, sino contaba con el plus de hacerlo en el campo de juego de La Bombonera, nuestra casa, por primera vez en la historia. Las carpas, ya instaladas para que nos moviéramos con la comodidad que no hubo en 2019, tendrán que esperar una resolución judicial.

En 2015 y 2019, años eleccionarios, también se denunciaron irregularidades en el padrón, tal como pasó ahora, pero nadie suspendió nada: primero se votó, luego se investigó. ¿Por qué esta vez le pusieron un freno de mano a la situación privándonos de nuestro derecho?

La reunión de conciliación tuvo poco de eso y las partes no llegaron a un acuerdo. El evento en Tribunales solo sirvió para agrandar las diferencias, poner en duda algunos de los puntos en los que se basó la denuncia inicial de Andrés Ibarra, candidato a presidente por la oposición, y clavarnos otro puñal al genuino sentimiento de quienes hacemos verdaderamente grande a Boca: los socios e hinchas.

El pedido y el deseo sigue siendo el mismo: tiene que haber elecciones en Boca. Porque te puede gustar más uno u otro, pero de darle la espalda a la democracia no se vuelve.