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Diez minutos

En esta sección les presentaremos una serie de escritos que reflejan la pasión por Boca Juniors. En esta entrega, un poema en conmemoración de la llegada de Riquelme a Boca

Diez minutos
Diez minutos
Riquelme, en su primera época en Boca.

En esta sección les presentaremos una serie de escritos que reflejan la pasión por Boca Juniors. En esta entrega, un poema en conmemoración de la llegada de Riquelme a Boca

Un día como hoy, pero de 1996, Boca Juniors arreglaba con Argentinos el arribo de varios juveniles. Entre ellos se encontraba Juan Román Riquelme, que años después, se convertiría en uno de los máximos ídolos de la historia del club.

Hoy conmemoramos aquella operación con este poema al 10 Xeneize.

A veces me gusta pensar que mi abuelo baja desde lo más alto del cielo a buscarme para ir a La Bombonera.

Ahí está, lo puedo ver, brilloso bajo el sol primaveral, mas panzón que cuando nos dejó, con la clásica camiseta azul y oro (de esas que no tenían publicidad) y aunque suene absurdo con un trozo de sandía entre sus manos. Mi viejo me contó en diferentes anécdotas que su padre todos los santos domingos comía su fruta preferida. “El placer dominguero” la llamaba.

Nos damos un abrazo amable, sin demasiado dramatismo, después de todo compartimos en vida escasos momentos juntos y casi no los recuerdo.

Me mira fijo y puedo intuir que lo que vio a su alrededor no le agradó en lo absoluto, falta una hora para el comienzo del partido y los hombres de gorra azul agraden salvajemente a varios simpatizantes boqueases.

Me hace una seña para entrar a un bar a metros de la cancha y antes de tomar asiento suelta sus primeras palabras: “¿Juega Riquelme?” Asiento con una inmensa sonrisa que por muy poco no llega a ser carcajada y un leve movimiento de cabeza.

En ese instante interpreté que, definitivamente, mi abuelo no estaba acá para brindarme su mirada del mundo actual, ni para contarme historias de cancha junto a mi viejo, ni para aconsejarme sobre la vida que llevo, ni siquiera para ver a Boca junto a su nieto. Bajo, simplemente, para ver en acción al último 10 del fútbol argentino y eso me genera un estado de electricidad corporal que me reconforta.

Tomamos asiento y llegó rápidamente su segunda pregunta: ¿Cuál es tu opinión de Riquelme?

Lo que siguió después fue un monólogo mío sobre mi héroe futbolístico que duró hasta que el árbitro pitó el comienzo del partido:

Mirá abuelo… Román es un clásico enganche con gran habilidad y una exquisita pegada. Tiene una impecable visión panorámica de la cancha y da la impresión de que antes de recibir la pelota ya sabe cómo tiene que resolver la jugada.

Su arte es pasarle la pelota a su compañero mejor posicionado y hacer jugar al equipo de acuerdo a su ritmo.

Su manera de jugar transmite paz, sus movimientos son lentos, su pausa necesaria y su velocidad mental es mas rápida que la luz.

Es éste momento nos interrumpe un inoportuno molinete; una vez que lo cruzamos mi abuelo me pide que continúe.

Para mí es más que un simple jugador de fútbol, es un revolucionario. Y es más que un ídolo, es un maestro  (siempre analizando su performance dentro de la cancha, que es en el único lugar donde un fiel amante de este deporte debe juzgar al jugador).

Mi abuelo volvió a mirarme y sin hacer comentarios se me acercó, me tomó del hombro utilizándolo como un bastón para subir por las escaleras hasta llegar a  la popular norte frente al Riachuelo.

Cuando logramos pararnos frente a un paravalancha y darnos cuenta de que estábamos cómodos, oímos un sonido estremecedor que nos indicaba que salía  Boca a la cancha de la mano del mágico Román.

A partir de ese momento la mirada del viejo nunca se separó de la camiseta número 10 durante los únicos diez minutos en que lo vio jugar.

Sí, fueron solo diez minutos en los que Román no hizo ninguna jugada extraordinaria, pero mi abuelo no necesito observar más, ya lo vio todo, entendió a la perfección que es este carasucia el que sale se del libreto y mantiene viva su época cuando la gente salía a tomar mates a la vereda y la palabra ansiedad era desconocida por el pueblo.

Entonces sí, sonriente y con los ojos empañados, desaparece, dejando que la cáscara de sandía presenciara en su lugar el fastidioso cero a cero final.

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