Arranco esta nota diciendo que desde hace algunas horas estoy haciendo mal mi trabajo. No tengo claridad. No la consigo. Me cuesta analizar friamente lo que pasó ayer en la cancha de Rosario Central. Hablo del tema y se me pone la piel un poco rara. La adrenalina todavía me recorre por el cuerpo. Por eso, ante la necesidad de cumplir con mi función de publicar una nota de opinión, voy a dejar que las palabras salgan solas y los sentimientos afloren de manera genuina.
Mi compañero Nicolás, que a esta altura ya es un amigo de la vida, llega a la oficina y me dice que "Boca vuelve a ilusionar por una razón que no tiene que ver con el resultado" . Suelta la frase, la recomienda como título y me hace pensar. Está en lo cierto. Dio en la tecla. Hace rato no me sentía representado por un equipo como el de Arruabarrena. Elijo decirlo con el diario del viernes, antes de que termine la película.
Primer minuto del segundo tiempo. Maravilla Martínez captura una pelota voladora en nuestra área. Ensaya una especie de volea, hace el 2-0 parcial para Racing y nos pega una de esas piñas que duelen. En silencio, desde la tribuna, trato de asimilar el golpe. En ningún momento creo que nos van a eliminar, ni siquiera estando dos goles abajo. No sé si esa idea se me cruzó por la cabeza por una cuestión de fe futbolera o porque sobran motivos para creer en este Boca que armó el Vasco. Creo que fue más lo segundo.
"Si se lo empatamos se lo ganamos, no quieren más" , me dice un desconocido de la popular. Íbamos 2-1 abajo, pero él estaba convencido. En ningún momento le temblaba la voz. Palacios, de buen ingreso, la agarra por la derecha, saca un centro al punto del penal y Valencia, como Palermo en el Apertura 1998, mete un cabezazo que desata la locura total. Lo bien que hice en creerle a ese muchacho.
Desde 1905 nos costó todo. Nuestro origen es humilde. Nuestra escencia indica que siempre la peleamos en la adversidad. Para entender de qué va esto hay que pertenecer. Y por suerte en el banco de suplentes hay un tipo al que no hay que contarle nada. Gracias por devolvernos la ilusión, Vasco.






















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