El partido de ayer lo vi mil veces en los últimos años. El rival de turno, Estudiantes de La Plata en este caso, salió a jugarse la vida. Nosotros fuimos a ver qué pasaba. Empezamos bien, pero la euforia nos duró 20 minutos y después nos desmoronamos por completo.
Para reaccionar y levantarnos de la lona nos tuvieron que llenar la cara de dedos. Mientras tanto vimos un equipo sin juego, sin peso en el mediocampo, con poco ataque, con ningún tiro al arco hasta los 80 minutos y rezándole de manera constante al arquero para que evite lo que pudo haber sido una goleada. Lamentablemente, otra jornada para el olvido.
El empuje y la rebeldía de los pibes que entraron, y cumplieron el sueño de muchos de nosotros, que es jugar en la Primera de Boca, fue lo único para rescatar. Varios de los más grandes deberían contagiarse.
El deseo, al margen de quien juegue, dirija o gobierne, es que algún día volvamos a parecernos a aquellos equipos que vendían cara la derrota en cualquier cancha y que para sacarle los tres puntos tenían que robarles el corazón.
El domingo volveremos a La Bombonera a gritar por los colores. Por amor y porque así lo sentimos. Pero no se olviden que con nosotros, los hinchas genuinos, siguen en deuda. Todos.
