Es lunes. Estoy sentado en la oficina. Armo el mate, me dispongo a escribir algo y la tristeza me gana de manera automática. Porque, a decir verdad, no es enojo ni bronca lo que siento, es tristeza. Y cuando ese sentimiento aparece es porque lo que está pasando es realmente doloroso.
Boca se autodestruye cada vez más seguido. Ya no importa quién nos dirija, los refuerzos, los esquemas, si es torneo local o internacional, los planteos, nada. La sensación de que no vamos a parar de caer y de que el próximo papelón estará a la vuelta de la esquina es inaguantable.
Arruabarrena habló de “baño de realidad”, pero esto no es nuevo: sobre los hombros tenemos el hecho de no haber jugado la Copa Libertadores en 2024, el fracaso vs. Alianza Lima en 2025, las eliminaciones contra el Rojo, Racing y Huracan (todas en La Bombonera) y el papelón ante la Universidad Católica de hace menos de dos meses.
El 0-3 ante Deportivo Riestra es un mazazo al alma para todos. Para los grandes, que vieron las gestas de los equipos de Lorenzo y Tabárez, para los que pasamos los 30, que crecimos de la mano de Bianchi y disfrutamos la adolescencia con Miguel y Basile, y para los más pibes, que todavía no logran sentirse representados por un Boca fiel a sus valores.
La vara está cada vez más baja. En el suelo, diría. Nos acostumbramos a esto. La salida nadie sabe cuál es. No hay de dónde agarrarse para ser optimistas de cara al futuro. Por eso, para cerrar este texto, que está lleno de resignación, solo pido algunas cosas: transpiren la camiseta, jueguen por y para la gente, y no se olviden que están en deuda con quienes darían hasta lo que no tienen por ser un ratito uno de ustedes.
