En esta sección les presentaremos una serie de escritos que reflejan la pasión por Boca Juniors. En esta entrega, recordamos a un ícono del barrio.
El ritual siempre fue el mismo. Llegar a Casa Amarilla, despejar cualquier indicio de sueño, para llegar a esa tierra soñada. Ir para Caminito, dejarse llevar por el tango. Ese género donde el amor y la amistad están tan a la luz, que impacta. Música del suburbio, iba a ser discriminada a principios de siglo. Esa cuestión estúpida de supuesta superioridad racial, en La Boca se conoce desde el inicio de todo.
Los pasos tranquilos seguían igual en cada ocasión. Sin prisa, pero sin ningún tipo de pausa. Todo lo contrario a Román. La rutina era ver un par de remeras que se convierten en la futura compra, más cuando la billetera no deja que la hermosura hecha tela esté con uno; saludar a algún artesano que contaba cómo hizo tanto con sus manos, ver a los pibes correr con la remera de Boquita y llegar a La Estufa. Ese lugar que empezó a ser tan importante allá por el año 2007.
Primera y única comida familiar en el barrio donde me hubiese gustado nacer. Luego de estar, hablar y fotografiarnos con Hugo Ibarra y Martín Palermo, luego de haber conocido a Riquelme, por recomendación llegamos allí. Una cantina típica de estos lados del mundo, inundado por el aroma no del Riachuelo, sino de las pastas y las comidas caseras que salían de allí. Andrea nos recibía y empezaba así una especie de amistad, que tuvo muestras una o dos veces al año. Porque no había partido que no fuéramos a comer ahí. Menos cuando hicimos que algunas peñas conocieran ese paraíso gastronómico. Que como todo, sin hacer tanto alarde, era fiel al éxito de lo simple.
El banderín de Chacarita en una punta, la seguridad de que la única vez que quería que perdiera Boca, fuese con el funebrero, por parte de Andrea. El interés por las historias con Boca, el “ya me parecía que ibas a venir, cordobés”, la preocupación de mi viejo por ver cómo la gente se sentaba en sus mesas, dejando a la competencia sin clientes. Y las manos de Irma. Ella, es la protagonista de esto, junto con su hija. Porque siempre creí que hay para poder hacer las cosas que le corresponden a un bostero, y comer pastas en La Boca es una de ellas. Ese día fresco del 2007, cuando comí esos sorrentinos en la calle Del Valle Iberlucea al 1250, juro que me sentí más xeneize que antes.
El lugar, en estos días, después de 40 años cerró. Los brazos de Irma no querían más trabajo. El cansancio le ganó la pulseada. Una pulseada hecha a base de amasar las mejores pastas y realizar las mejores cosas por 4 décadas. Siempre desde el anonimato. Cuando alguien preguntaba quién era la chef, ella aparecía casi como con vergüenza. Desde la cocina, con el delantal de tanto tiempo y con tantas historias.
El color de los conventillos, un pueblo humilde laburador, el barrio de todos, el fervor de la Bombonera. Todo eso se resumía en las horas que estaba abierto ese lugar. El trato de los mozos con los turistas, la cantidad de fotos que decoraban el lugar de la mejor manera, el calor humano de los dueños, como el de “La Estufa” donde se cocinaba en un principio, dándole el nombre a esa casa de comidas.
El tiempo le ganó una batalla pero no la guerra. Quedan los miles de brasileros, ingleses, italianos, japoneses y de todas partes del mundo que llegaron al lugar. Como Hugo, el alemán que llegó desde lejos, para formar un lugar para poder comer, y darle de comer a los otros. Quedan las cargadas con algún rival de Copa, cuando se iba al baño y la escalera esperaba para llegar al mismo. Queda el honor no solo de las mejores pastas, y de la esencia genovesa. Queda el orgullo de aquel mozo que allí pudo salir de una vida perdida, queda su victoria. Y la victoria de la memoria, de los que hicieron de “La Estufa” su vida, y de los que en algún momento de sus vidas pasaron por allí. Queda el amor por Chacarita y el cariño por Boca de Andrea. Quedan las charlas largas entre plato y plato con esa amiga, que apareció un día fresco del 2007. La cerveza antes de la despedida de Palermo, la visita por más que no comiera nada, la recomendación a cualquier visitante de la Boca. Queda el esfuerzo de Irma, de levantar y sostener ese lugar, la creencia de Hugo en su mujer de que ser una grande de la cocina, pero sobretodo de la vida.
Queda ese crisol de culturas alrededor de una mesa, y las felicitaciones a la mujer que, detrás de una ventana, cocinaba para vaya uno saber a cuántos. Queda una sensación rara de saber que va a faltar algo en ese ritual de domingo. Las mejores pastas que comí en mi vida. El momento en que uno se sentía más xeneize. Cerca de donde todo comenzó. Quedará siempre prendida la llama de “La Estufa”, y en la mente esa parte del tango Volver, que escuchaba en sus mesas: Vivir /con el alma aferrada/ a un dulce recuerdo.
